¿Te comparas a menudo? Quizás me respondas con un rotundo sí o pienses que no en lo absoluto. Pero te aseguro que al menos una vez habrás visto hacia los lados, deseando tener el cabello de esa chica que te pasó por el frente en el mall, algún atributo físico de una hermana o prima que «la herencia te negó» o bien, el carisma de esa compañera de trabajo que tienes.

Sí, las mujeres nos miramos entre sí y nos detallamos aún en mayor medida de lo que un hombre podría hacerlo al vernos. Lo hacemos porque contemplamos la belleza en otras, pero muchas veces nos convertimos en nuestras peores enemigas al tomar aquello que admiramos en alguien más como motivo para compararnos.

Compararse es un hábito natural en las mujeres, pero que sea algo común no quiere decir que sea sano o provechoso. Por el contrario, la comparación camufla algunas actitudes alojadas en el corazón que no solo te contaminan, sino que te impiden crecer sanamente y avanzar. Hoy quiero hablarte de esas actitudes para que puedas analizarte, identificarlas y cortarlas de raíz. Así aprenderás a pensarlo dos veces antes de compararte con alguien más.

La comparación es una fuente de distracción

Cuando te ocupas tanto en mirar lo que otra persona es o tiene, pierdes el tiempo que puedes emplear para descubrir lo maravilloso, admirable y valedero que hay en ti. Además, te pierdes de lo que Dios ha hecho contigo o desea hacer en tu vida. Eso no tiene otro nombre más que distracción.

Por más que admires a alguien, no te lamentes por no ser, tener o vivir lo que esa persona es, tiene o vive. Tampoco insistas en ser igual porque cada quien es único y posee cualidades distintas.

En esa diversidad que tanto cuestionas se esconde tu mayor atributo. Date la tarea de descubrirlo.

La comparación es el disfraz de la envidia

Sabes que la comparación es maliciosa cuando te hace sentir enojada, frustrada o triste. Justo detrás de esos sentimientos negativos se esconde la envidia.

Sobre esto, Proverbios 14:30 nos enseña que «la paz en el corazón da salud al cuerpo; pero la envidia corroe los huesos».

Por ende, la comparación alimenta la envidia y es una receta infalible para la amargura y la infelicidad.

La comparación saca a relucir la ingratitud

Donde hay comparación, hay inconformidad; pero no de la que te impulsa a buscar un cambio para bien, sino del tipo de inconformidad que te hace cuestionar –y hasta reprochar– quién eres, cómo eres y lo que tienes como si hubieses sido víctima de una «injusticia de la vida». Eso tiene por nombre ingratitud, lo cual nos lleva al siguiente punto:

La comparación constante revela una baja autoestima

Cuando la comparación es constante y te hace sentir de continuo lo perfecta que sería tu vida si fueras alguien más, estás ante un claro problema de autoestima.

¿Cómo puedes dejar el hábito de compararte?

  • Aceptando tu individualidad. Esto es hacer las paces contigo misma, con lo que te hace diferente al resto y entender que eres perfectamente única.
  • Reconociéndote en Dios. En la medida que entiendas que fuiste creada por un Dios inequívoco, aprenderás a dejar el juicio de lado para reconocerte en su esencia y amarte como eres.
  • Cambiando tu enfoque. Para crecer sanamente y sin distracciones, debes mantenerte enfocada en lo que te incumbe, es decir, en tu vida, en lo que fluye de ella y en lo que Dios desea hacer de ti; no en la vida de otros ni en sus progresos.

La mejor forma de cerrarle la puerta al estrés competitivo que te lleva a la comparación es cambiar tu perspectiva para centrar tus pensamientos en lo que debes. Así dejarás de buscar un reflejo distorsionado de ti en otros, caminarás confiada, a tu propio ritmo y con un corazón rebosante de paz porque entiendes los tiempos de Dios para ti.

#MujerInspírate

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