Todas alguna vez nos hemos decepcionado. Quizás sucedió por tener falsas expectativas de alguien o bien, porque traicionaron nuestra confianza. Lo cierto es que la decepción duele mucho y aún más cuando descubrimos –por cuenta propia– que aquella persona a quien amamos y respetamos nos ha ocultado su error, infidelidad o traición.

Sentimos como si un puñal nos atravesara el alma porque vemos derrumbada la confianza y perdida la estima.

Aunque no hay una fórmula mágica para aliviar el desencanto y dolor que trae consigo la decepción, hoy quiero brindarte importantes herramientas de autocontrol que te ayudarán a afrontarla de manera sensata, a fin de evitar mayores estragos a tu corazón.

En primera instancia, es necesario que la tristeza que te embarga considere la compasión y no el resentimiento. Sé que no es algo fácil de hacer, sobre todo cuando la herida de la decepción está recién abierta y el daño infligido fue premeditado.

En dicha situación, conviene el silencio para recordarle a nuestra mente que no somos perfectos y que todos, en algún momento, cometemos graves equivocaciones.

Pero eso sí, una vez asimilado el asunto y conciliada la calma, jamás optes por albergar resentimiento en tu corazón porque eso solo crecerá en ti para aprisionarte e impedirte sanar.

Mirar con compasión a la persona que te ha faltado o herido amplia tu perspectiva, evitando que te sientes solo en la “silla de juez” o de víctima.

En segundo lugar, toma en cuenta si conoces a esa persona íntimamente, es decir, si conoces cosas que ningún otro sabe de su corazón. De ser así, considera que él o ella no son el error. Detente a meditar que su vida no se describe sólo en ese tropezón y toma en cuenta su verdadera identidad. Aclaro, esto no es para enmendar o justificar su mala acción, no.

Entiende que se trata de evitar caer en ambigüedades o de acelerar decisiones y actitudes basadas en la ira y el dolor que luego podrías lamentar.

En tercer lugar, tómate un tiempo para reflexionar en el perdón y soltar la vergüenza, la rabia o cualquier otro sentimiento que altere tu bienestar. Cuando lo hayas conseguido, ¡decide perdonar! Permítete darte la oportunidad de sanar del dolor de la decepción y por consiguiente, la libertad para continuar.

Hazlo por ti, porque tienes derecho a estar en paz.

Además, mientras te das ese tiempo, también le estarás dando a la otra persona el tiempo de indagar dentro de sí, reflexionar sobre lo que hizo, levantarse y renovar sus pensamientos y hábitos.

En cuarto lugar, si observas en esa persona un interés genuino de asumir su responsabilidad, los cambios necesarios y desea hablar contigo al respecto, entonces escúchale en silencio y continúa perdonando. Contrario a lo que crees, esto no es demostrar debilidad y tampoco implica que estés cediendo.

Ahora bien, a la hora de hablar es importante que expreses tu dolor, molestias y razones sin agregar palabras de culpa o gestos de indiferencia que inciten la ira o violencia verbal.

Haz el esfuerzo de ser tolerante ante excusas o justificaciones que no te son comprensibles.

En quinto lugar, ten en cuenta que quien te pidió perdón con sinceridad, lleva sobre sus hombros el peso de su error y está consciente que su vida necesita una profunda transformación que requiere de tiempo y disposición.

Por el contrario, si la persona nunca muestra señales de arrepentimiento o interés en aclarar la situación tras una decepción, sé sabia y establece distancia. Cada quien es responsable de sus acciones y aunque te duela horrores, es de vital importancia que no incurras en resistirte a perdonar solo por la actitud negativa que decidió asumir la otra persona.

El perdón no siempre es algo que se merece o se gana. Perdonar también es una decisión de dejar ir el dolor de una transgresión sin que te contamine de por vida, bien sea que sientas tener o no razones para hacerlo. Ese es el primer paso que deberás dar para sanar.

Recibirás el consuelo, la fortaleza y la sanidad que necesitas del amor mientras perdonas día a día, ya que has elegido un acto de humildad.

En sexto lugar, no tengas premura. Deja que todo fluya y tome su curso; conserva la paz, el ánimo de seguir adelante, la oportunidad que te brindan los cambios y la determinación de no incurrir en los engaños que has experimentado.

Por último, toma nota de lo aprendido. El resentimiento es cruel, la victimización ahoga, la amargura envejece… Valorarte desde la sencillez desplazará las complicaciones en las que el ego se infla en busca de venganza e iras constantes. Además, te ayudará a tomar las decisiones –y actitudes– correctas desde el inicio, cuando vivas experiencias similares; también te permitirá renunciar al dolor de la decepción y aislarte de lo que ya no funciona, intoxica y corrompe de esas personas que deliberadamente reinciden en su error porque no han decidido librar sus propias batallas.

¡No te decepciones más! Si así te ha ocurrido, protege tu estima y avanza, que lo mejor estará en cada encuentro y en cada paso que des hacia tu libertad.

La libertad da discernimiento y entendimiento de todas las situaciones que experimentamos, aún de experiencias tan dolorosas como la decepción. Pensemos en ello.

#MujerInspírate

¿Que Opinas?

Comentarios