No. Este no es un artículo para decirte que te ames. Te lo han repetido tanto que ya lo sabes y tal vez hayas aplicado algunos consejos, pero terminas por sentirte igual y vuelves a lo mismo: rechazas la forma de tu cuerpo, tu estatura, tu cabello, tus piernas, tu color de piel, la forma de tu nariz, labios o el tamaño de senos… ¿Me faltó algo en la lista?

Sin embargo, hoy quiero invitarte a ir un poco más allá. ¿Estás segura de que todo lo que menciono es lo que verdaderamente rechazas de ti?, o ¿el asunto es más personal?

Como mujeres, hemos tratado tanto el tema que decir “eres valiosa” desde lo superficial se ha vuelto un cliché.

Por otra parte –y en el otro extremo del caso– queda el asumir la belleza y los cambios físicos bajo una exagerada pretensión, al punto de creerte más que los demás.

Sin embargo, el rechazo propio va más allá de ese acoso personal al que tú misma te sometes.

Te rechazas cada vez que no aceptas tus equivocaciones

Te pregunto, ¿qué tienes en contra de pedir –y pedirte– perdón? ¿Hace cuánto, no te das la libertad de mostrarte sin tapujos?

La auto-exigencia acaba por agrava tu perspectiva de la vida al no aceptar que te equivocas y con ello, la imperfección que te lleva al error.

Ojalá entendiéramos que dejamos de errar al reconocer y asumir nuestras equivocaciones; ya que al rectificar, encontramos una mejor manera de hacer las cosas.

Ahora bien, una de las razones por las que te rechazas quizás sea tu pasado y de dónde vienes. Pensar que naciste en la familia equivocada, que tus padres no fueron los mejores, que no pudiste labrar una carrera profesional, que no vienes de una familia adinerada y ¡pare usted de contar! Así es como la mala apreciación de tus orígenes terminar por tallar la forma de tu ser, alimentando ese continuo vivir en desagrado.

Pero no eres lo que has vivido, eres lo que decides ser y el fruto de tus decisiones.

Te rechazas cuando tienes en poco tus virtudes

La comparación es tan dañina que te lleva a subestimar tus propias capacidades. Esta actitud hace que pierdas el tiempo para emprender tu propio aprendizaje y crecimiento.

Entonces, ¿cómo ponerle freno a esa nociva actitud que no te deja avanzar? Enfocándote en desarrollar lo que hay en ti, entendiendo que cada quien tiene un estilo propio y un propósito único.

Si cada uno se encargara de crecer en ello en vez de mirar tanto hacia los lados, dejaríamos de menospreciarnos tanto.

Quién se mira con desprecio es porque pasa mucho tiempo mirando el alcance de los demás.

Te rechazas cuando dejas de creer

Antes de decir “no puedo”, ¿qué tal si te permites prepararte hasta lograrlo?

La cultura de la inmediatez en la que vivimos conlleva a la duda, pues, queremos ver resultados inmediatos, lo que nos genera un conflicto permanente.

¡Atrévete a romper con el molde! No temas salirte de la corriente para darte el tiempo que necesitas e inclusive, de vez en cuando anímate a aceptar un reto y a demostrarte así lo capaz que eres.

Rechazas la duda al reemplazarla con pensamientos de acción y determinación.

En aras de no rechazarte, es importante que nutras tus certezas hasta convertirlas en convicciones. Para ello, la introspección honesta y coherente, así como alimentarte de contenido que te edifique fundamentará tus pensamientos en la confianza, el respeto y la verdad. Pero ¡que no se quede ahí!, mantente humilde para llevarlos a la práctica.

Ante el rechazo, siempre habrá mejores opciones para escoger, como el perdón, la voluntad, el amor propio, la comprensión y el entendimiento. De ti depende qué aceptar.

#MujerInspírate

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