¿Acaso puede salir algo bueno del dolor? Créeme, te sorprendería la respuesta. Tampoco es que el sufrimiento sea necesario siempre que necesitemos aprender una lección de vida, no. Pero el dolor resulta un buen instructor cuando aprendes a mirar desde la perspectiva correcta y en ocasiones, se hace necesario cuando somos demasiado egocéntricas como para dar nuestro brazo a torcer.

No es que sea masoquista. Como la mayoría de las personas sensatas, tampoco me gusta sufrir. Pero en estos últimos días de tanto ajetreo, volver al enfoque y meditar en lo primordial se ha convertido para mí en una necesidad imperante y para hacerlo, muchas veces debemos volver al pasado, no para revivirlo, sino para recordar de dónde venimos y hasta donde hemos llegado.

Hoy quiero compartir con ustedes algunas de las más preciadas lecciones que dejaron a su paso momentos no tan lindos y que hoy atesoro con todo mi corazón porque me han enseñado a vivir un presente pleno. Te hablaré de ellas con la certeza de que las pondrás en práctica para que constates por ti misma que –cuando hacemos nuestro ego a un lado– también es posible aprender de lo bonito de estar vivas sin tantas lágrimas de por medio.

El dolor me enseñó a no apegarme a las personas

Una vez leí una frase que me impactó no por quien lo dijo, sino por su innegable certeza. Se trata de una frase de Buda que dice así: “La raíz del sufrimiento es el apego”.

Leerla me llevó a atrás, justo a ese momento en donde mis circunstancias me enseñaban que, aunque sintiera cómo mi corazón se rompía ante la ausencia de alguien, nada ni nadie es indispensable.

La vida es como un tren y sus diversas estaciones. En cada estación, personas abordan y abandonan el tren. Esas estaciones son las etapas de nuestra vida y en el orden de crecer, no podemos aferrarnos a las personas que estaban destinadas a acompañarnos solo en alguna de esas etapas.

Aunque duela horrores cuando vemos acercarse el fin de una relación, aunque se sienta como una pequeña muerte decir adiós a alguien que amamos porque sabemos que difícilmente nos volvamos a encontrar; no te quejes, no te aferres a ellos ni te entregues al dolor; mejor entiende que su tiempo se cumplió, que es momento de tomar caminos diferentes y agradece por cada uno de ellos, porque nuevas personas vendrán y quizás no son ellos quienes se están yendo, sino que eres tú quien estás entrando a otra etapa.

Aprendí a no sufrir por cosas sin sentido

Dejé de adelantarme a los tiempos y hoy permito que todo fluya porque, cuando entras a un consultorio esperando lo peor o inicias una relación amorosa pensando en que no funcionará, estás actuando desde la incertidumbre; es decir, desde el temor a un futuro incierto. Por ende, desperdicias tu presente y con él, esas oportunidades maravillosas que poco se repiten.

La vida me enseñó a dejar sufrir por cosas absurdas y tan lejanas –que solo ocurrían en mi cabeza– para empezar a caminar en el hoy y en el ahora, sin más preocupaciones que las que trae consigo cada día.

Del dolor aprendí a mantener siempre una buena actitud

El dolor me obligó a reconocer que no todo lo que me pasa es responsabilidad de lo que alguien más hizo o dejó de hacer, o de lo que alguien fue o dejó de ser para mí; inclusive, si así fuera, entendí que solo de mí depende cambiar mis circunstancias.

Por más terrible que sea el panorama, comprendí que la actitud con la que asumes tus infortunios marca la pauta de tu nuevo comienzo o la sentencia de una eterna condena.

Sí, el dolor me enseñó que aún en donde solo hay miedo, el valor nace de la fe; porque ser valiente no se trata de la ausencia de temor, sino de la voluntad de seguir adelante pese a lo que sientes.

Entendí que jamás podría sacar a Dios de la ecuación de mi vida

La vida me echó en cara cuán vulnerable soy. Pero esto no fue algo malo para mí, al contrario, me hizo comprender cuánto necesitaba dejar de depender de mí misma y de mis criterios para abrirle paso a Dios y a sus formas de actuar. Es curioso, pero así es Él: justo en tu peor momento de flaqueza y sin importarle tu condición, entra al juego para recordarte que, con su ayuda, TODO es posible.

Ante esa clase de amor incondicional no te resistes, solo lo recibes.

Así entendí que nunca había caminado sola y que Él no se equivoca, pero yo sí. Desde entonces, la manera de conducirme cambió para siempre y ya no pienso solo en mí.

No esperes a que el dolor se haga presente en tu vida para aprender, de manera ruda, lo que se hace evidente cuando acallamos la voz del ego para prestar atención a lo que Dios susurra. Aunque no lo creas, la vida misma te da pequeños indicios del camino que estás andando y te muestra si vas en la dirección correcta.

Cuando aprendes a escuchar esa voz interna, el dolor deja de ser un maestro necesario.

#MujerInspírate

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