En algún momento, a todos nos han dicho: “¡toma tus propias decisiones!”. Así mismo, también hemos afirmado: “¡soy YO quien toma mis propias decisiones!”.

De ambas expresiones, me llama la atención que suelen ser dichas en situaciones donde está de por medio la molestia y/o el desinterés por la causa del otro. El punto es que –en el mayor de los casos– las empleamos para establecer un límite claro: que nadie más opine.

Por supuesto, estamos en todo el derecho y la obligación de tomar decisiones dado que eso las hace nuestras. Sin embargo, la pregunta que debemos hacernos es: ¿sabemos qué es tomar una decisión y lo que implica?

Te pregunto porque las malas decisiones siempre salen a relucir cuando el mal está hecho y el lamento nos invade. Entonces empieza a pesarnos la responsabilidad de haber pensado mejor las cosas, justo cuando solo nos queda asumir las consecuencias y hacer control de daños.

En teoría, ¿qué es decidir?

Una decisión es un pensamiento envuelto en un contexto o situación que nos conduce a la necesidad de dar o de obtener una respuesta para luego dar lugar a la acción.

La advertencia y seriedad que implica tomar una decisión ha sido, desde siempre, la manera de enseñarnos a ser responsables.

Ahora bien, religiosamente se nos ha enseñado que las decisiones son difíciles, delicadas y definitivas en nuestra vida; tanto así que decidir se vuelve una tarea pesada puesto que nos genera temor la simple posibilidad de equivocarnos. Por ello es común sentirnos inseguras ante este emblema que la sociedad nos enseña sobre las decisiones, donde un “sí o un “no” puede albergar las respuestas más contundentes en el destino de una persona y ser capaz de enrumbarlo o frustarlo.

Si hasta ahora te sientes identificada y reconoces que el arte de decidir es algo que te paraliza, compartiré contigo algunos principios que te ayudarán a hacerlo de manera asertiva.

A la hora de tomar una decisión…

  • ¡Relájate! Sí, la calma es donde la mente puede meditar lo que conviene y lo que no.
  • Reconoce tu estado de ánimo y encuentra un balance. Tanto la extrema sensibilidad como la extrema apatía no son buenas consejeras. Si estás muy emocionada, puedes apresurarte y no tener en cuenta los detalles a la hora de tomar decisiones; por el contrario, si estás muy triste o desmotivada, la tendencia es a tomar una decisión desfavorecedora.
  • No te juzgues tan pronto al decir que no eres buena para tomar decisiones. Entiende algo, las decisiones importantes no se toman a la ligera; así que no es cuestión de habilidad, sino de honestidad, entendimiento y coherencia.
  • Busca consejeros sensatos. Es importante acudir a una persona de confianza y sensata antes de actuar. Es importante y necesario escuchar un consejo sabio, sobre todo si proviene de alguien a quien amamos, respetamos y admiramos por su honradez.
  • Ten en cuenta que el consejo es solo un apuntador y no la decisión final. Cuando busques un consejo, no lo hagas pretendiendo que alguien más decida por ti o te diga qué hacer.

La verdadera decisión está en tu corazón y debes entender que tomar decisiones es algo solo de tu competencia.

Por allí debes partir para saber si quieres o no, o si necesitas o no dar el paso ante aquello que se te presenta.

Lo segundo que debes hacer es preguntarte si tiene sentido la respuesta –entiéndase: el consejo– que recibiste en tu vida y analizar si de verdad tu actitud es la correcta para asumir y conducir dicha decisión.

Como tercer punto, sugiero que te preguntes lo siguiente: “¿encaja esta acción en el tiempo que vivo y en el entorno que me rodea?”.

Una vez que hayas atendido estas respuestas que son solo tuyas, podrás saber qué decidir en esa situación que se te presenta ya que descubrirás si estás preparada o bien, si necesitas seguir esa ruta. Todo es cuestión de sincerarte contigo misma.

Ten en cuenta que las mejores decisiones se piensan estando en paz y para estar en paz, es necesario examinar los pensamientos y los sentimientos para desechar lo que contamina tu mente y corazón.

No pretendas que la decisión que estás a punto de tomar te traiga paz si, al pensarla, no estabas en paz.

La clave no está en querer o no querer decidir, tampoco en que te beneficie o te perjudique porque la inmadurez puede hacerte una mala jugada. Mucho menos está en la apariencia, es decir, decidir para que todos te aplaudan y estén de acuerdo. Lo importante es que encuentres estima sincera en tu interior, esto es que tu pensamiento y acción estén de acuerdo y que eso que requiere de tu afirmación o negación tenga sentido de bienestar y progreso.

Puedo entender lo difícil que a veces resulta la toma de decisiones pero el secreto está en hacerlo con una mente esclarecida, así que procura trabajar en ello.

Por otro lado, si en anteriores ocasiones te has encontrado diciéndote: “estuvo mal decidir así, pero bueno, me sirve para aprender”; está bien aprender de los errores, pero si son recurrentes o repetitivos, debo advertirte: ten cuidado con el conformismo.

Es cierto que todo puede enderezarse con nuestra buena actitud y resultar para bien, pero la intención es que el enfoque y la visión guíen cada decisión a un destino de propósito. Medita en este tema y prepárate para vivir cada día con la certeza de que lo estás haciendo bien.

Por último, no hay que apresurarse al tomar decisiones. Necesitas de un tiempo prudencial donde el propio corazón se halle creíble en lo que piensa, siente y quiere hacer.

¡Sé perseverante! Decidir es una asignatura de la vida que modela actitudes para el crecimiento y este crecimiento envuelve el ser y el hacer en la dirección correcta.

#MujerInspírate

¿Que Opinas?

Comentarios