Pues sí. Son muchas, muchísimas las mujeres empecinadas en dejar claro que no las llamen “señoras”.

La sociedad tiene sus propios criterios para emplear este término: “se es señorita porque no se ha casado” o “se es señora porque ya se casó”. Definición que hoy en día se presta para la burla y el engaño porque las mismas mujeres la han despotricado, cediendo al irrespeto y a la infidelidad.

¡Huy!, ¡cómo incomoda ese tema de la infidelidad! Sobre todo cuando –entre mujeres– nos lo hacemos saber. Esto deja en evidencia cómo la sociedad de la que somos parte sigue –y seguirá– en detrimento hasta que no asumamos cada una nuestra definición real.

Empiezo acotando el concepto social del término “señora” porque es errático y lleno de ambigüedad, prestado a confusiones y a la intensidad de estereotipos. Sin embargo, las personas realmente emplean la palabra por respeto; pero somos nosotras mismas quienes la tergiversamos, creyendo que buscan encasillarnos o hacernos sentir “viejas”.

Asimismo, para muchas se hace más severo el rechazo si las asumen casadas cuando no es así.

Ahora bien, considerando las acepciones desagradables que para la mayoría tiene que la llamen “señora”, pregunto: ¿qué reacción ha venido asumiendo la mujer que se deja llevar por tales interpretaciones?

  1. Se viste con ropa más sugerente y en extremo juvenil, aunque no vaya en lo absoluto con su edad. Todo sea por evitar verse mayor.
  2. Se fotografía al descubierto y sus redes sociales lo evidencian en cada selfie. La idea es exhibirse para demostrar que sigue siendo sensual.
  3. Se molesta con facilidad –a un grado de irritabilidad consigo misma– cuando no aparenta menos que su edad actual o le calculan más años.
  4. Frases como “dime ‘tú’, no me digas ‘usted’”, o “no me digas así –en referencia al término ‘señora’–, mejor llámame por mi nombre”, se vuelven comunes en ella.
  5. Cuando la llaman señora, la típica respuesta: “¡querrás decir “SE-ÑO-RI-TA!” surge con acentuada entonación y cargada de evidente molestia.
  6. Se muestra triste y hasta se deprime por el hecho que la llamen “señora”; aún más si no tiene un anillo matrimonial que lucir.
  7. Se obsesiona con sus líneas de expresión facial y hasta le generan rechazo porque ha llegado o sobrepasa los 30 años de edad.
  8. Ante el término, da pie a una comparación irrespetuosa. “Me dijo señora, ¿será que cree que soy mamá?”, dice. Y luego, la pregunta irreverente: “¿será que tengo cuerpo de mamá o cara de anciana?”…

Y así, sucesivamente, podría mencionar más de estas reacciones que son comunes en vocabulario, gestos y maneras de pensar.

Chicas, ¿han pensado, alguna vez en el impacto e influencia que ha tenido en nosotras la expresión “¡no me digas señora!”?

Sí, mucho nos ha afectado. Ya algunas ni les prestan atención al asunto al expresar frases como: “que me digan señora, ¡qué más da!, ya muchachita no soy”.

Mujer, ya mucho se nos ha impuesto sobre identidad y belleza como para obedecer y perpetuar los estereotipos al seguir alimentándolos. De nuestra parte queda vivir siendo plenas.

Hagámonos conscientes de la realidad dibujada en nuestro rostro cuando mencionamos tales expresiones y no seamos nuestro propio obstáculo para madurar procesos mentales que ya deberían estar asimilados, porque al fin y al cabo, con o sin anillo nupcial e hijos de por medio, ¡la madurez física es inevitable!

En este siglo, la mujer evidencia una actitud infantil cada vez que aparenta no entender lo que representa e implica ser mujer.

Los atributos, cualidades y habilidades no dependen de la edad ni del estigma social que encierra un término. Estos provienen de la certeza y la firmeza con la que conducimos nuestro crecimiento y desarrollo personal.

Con o sin arrugas, con o sin hijos, con o sin esposo, ¡amémonos cada día más! ¡Ah!, y cuando te digan “señora” agrégale a tu reacción (entre risas): “no me llames señora, dime ‘señora guapa’, ‘señora inteligentísima’, ‘señora maravillosa’…”

Señora o señorita, seguimos siendo nosotras; seguimos siendo mujeres. Que no te defina un término.

#MujerInspírate

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