Hace algunas semanas coincidí en un lugar con una perfecta desconocida a quien, supongo, le inspiré confianza ya que me sacó conversación. Se trata de una mujer en sus cuarenta y tantos, con dos hijos mayores de edad y a quien llamaré Fiorella.

El diálogo empezó más o menos así:

Fiorella: ¿qué tiempo tienes de casada? –me preguntó, pues, me había visto interactuar con mi esposo.
Yo: Casi tres felices años. –Le dije.
Fiorella: ¡Wow, tienen poco tiempo juntos!
Yo: Sí, es que me casé casi a los 30. Esperaba por el indicado y aunque no fue fácil, valió la pena el tiempo de espera.
Fiorella: A decir verdad, se te nota esa felicidad de la que hablas. ¿Sabes?, yo aún sueño con poder casarme algún día…
Yo: Bueno, aún tienes vida por delante y Dios puede darte a ese esposo que anhelas. Para Él nunca es demasiado tarde. –Le respondí.
Fiorella: La verdad es que vivo con alguien desde hace seis años… pero sé que él no es el indicado.
Yo: Entiendo… Pero si sabes que él no es el hombre indicado para ti, entonces, ¿por qué aún sigues con él?

Luego de aquella pregunta, Fiorella solo supo callar y mirar a lo lejos, como tratando de encontrar una excusa que la convenciera de que lo mejor era permanecer ahí, justo donde estaba, aunque su decisión implicara renunciar por completo a lo que tanto había soñado para ella; lo que en realidad merece.

No suelo confrontar a personas que apenas conozco pero, ante su silencio, solo pude decirle una cosa:

“¿Cómo puede llegar el hombre indicado a tu vida cuando permaneces con el equivocado por decisión propia?”

Creo que la mayoría de las mujeres, en algún punto de nuestras vidas, nos hemos aferrado a un “amor” incompleto; hablo en plural porque yo también pasé por ahí. Me refiero a esos “amores” punzantes que solo traen pesar consigo, de esos que te agotan porque eres tú quien –en un esfuerzo sobrehumano– trata de mantener la relación a flote, donde una hace el trabajo de ambos y por más que tiras de la cuerda, no hay manera de lograr que el otro le ponga corazón al asunto.

Pero esos “amores” dicen más de una misma que del amor en sí.

Quizás la mejor referencia que traes del amor está asociada al sufrimiento. Quizás han sido tantas las desilusiones vividas que te conformas con lo que llega, todo sea por un poco de compañía. Tal vez sientes que los años se te han pasado y no deseas envejecer sola o bien, te has convencido de que el amor –como lo visualizabas– no es para ti y en este punto, solo hay una cosa que te mantiene firme en la decisión de quedarte –por infeliz que seas– con lo que tienes: el miedo.

Miedo a lidiar con tus propios demonios. Miedo a que la soledad se instale en tu cama cada noche y se niegue a irse. Miedo a enfrentar un dolor más fuerte que el que ha calado en tu corazón y se ha acomodado para volverse tolerable; todo por querer salirte…

A veces hay que temerle más a lo que tienes, que al miedo que te impide avanzar.

No creas que entendí esto de la noche a la mañana. Como te dije, yo también di bastante vueltas en ese mismo círculo hasta comprender que, cuando del corazón se trata, lo que hayas vivido o tus errores pasados no son una excusa valedera para auto-sabotearte y conformarte con menos, solo porque te resulta más fácil ceder ante tus temores que luchar por lo que mereces.

Y cuando digo “luchar” no me refiero a la búsqueda incansable de tu hombre ideal ni a convocar un casting para dar con el mejor prospecto, no. Sino a la disposición de enfrentarte –cuantas veces sea necesario– a tu peor enemigo: tú misma.

Sí, te hablo de ti porque eres tú quien se deja dominar por la presión del “pasar de los años”; porque eres tú quien endosa su corazón al “dejarte llevar” y apresurarte con un perfecto desconocido solo porque te atrajo y supo qué decirte para moverte el piso; porque eres tú quien se permite entretenerse con enamorados de menor categoría para no hacerle frente a los vacíos de tu alma; porque eres tú quien se deja traicionar por su mente al dudar de lo que Dios le ha prometido, solo porque se está tardando en cumplir…

Nadie dijo que la espera sería fácil. ¿Acaso puede conseguirse algo valioso sin el más mínimo esfuerzo?, no. Por esa razón, el primer paso para permanecer fiel a lo que mereces es dejar de ignorar lo que ocurre en tu interior, reconocer las actitudes que te dañan y corregirlas, porque a veces sabemos justo lo que necesitamos hacer y aun así, no hacemos nada al respecto o peor aún, esperamos que por sí solo suceda.

El mayor error de una mujer es pretender que alguien más haga por ella lo que solo ella puede hacer por sí misma.

Cuando eres intencional en poner orden de adentro hacia afuera, entonces la concepción que tienes de ti misma cambia y dejas de conformarte con lo poco que crees merecer para abrirte paso a la clase de amor –genuino y completo– a la que has sido llamada. Así que –de una vez por todas– ¡cánsate de tu situación!, pero que esta vez sea en serio y anímate a cambiar lo que tienes por lo que mereces.

#MujerInspírate

¿Que Opinas?

Comentarios